La molécula primordial nos utiliza.

Nuestros músculos, inteligencia, consciencia e instintos no son más que una trama para proteger el tesoro más preciado y antiguo: la molécula primordial.

Hace alrededor de 4000 millones de años, la Tierra no era más que un caldo inerte formado por carbono, nitrógeno e hidrógeno, todo ello expuesto a la energía de los rayos ultravioleta y las constantes tormentas eléctricas provocaron que las moléculas reaccionaran entre sí.

Billones y billones de moléculas colisionaban entre sí sin orden alguno. En ocasiones dos moléculas se unían momentáneamente, pero solo prosperaban aquellas uniones que, por azar, permanecían estables.

Las moléculas estables chocaban constantemente. Algunos de estas colisiones rompían estas moléculas. Otras generaban una molécula mayor y más estable. Aquellas moléculas con una estabilidad menor acababan pereciendo en el caldo. Solo las evolutivamente más avanzadas se extendían por todo el planeta. Entre ellas hay que destacar ciertas moléculas que con una capacidad fundamental: a lo largo de su estructura podían captar moléculas menores en el mismo orden que la original. De este modo, tomando elementos del caldo primigenio, estas moléculas estables consiguieron replicarse.

La replicación fue un gran avance evolutivo. Se extendieron por todo el planeta en progresión geométrica captando incluso otras moléculas estables. Algunas de estas macromoléculas con capacidad replicadora se unieron, por azar, a filamentos de proteína actuaban a modo de escudo. De nuevo, tal casualidad represento un nuevo avance en su estabilidad, así que pronto empezaron a abundar las moléculas con malla de proteínas a su alrededor.

A lo largo de cientos de millones de años, las estructuras se fueron haciendo cada vez más complejas. La complejidad de algunas llegó a ser tal que se convirtieron en organismos unicelulares. Todo para garantizar la estabilidad de la molécula primordial.

La unión de ciertos organismos unicelurares crearon los organismos pluricelurares aún más estables. Más tarde, a estas estructuras, se incorporaron células que fabricaban membranas garantizando aún más la estabilidad. Más tarde aparecieron los órganos, la piel, ojos, músculos, esqueleto… Todo lo que fuera necesario para mantener a buen recaudo aquella molécula primordial.

Tras millones de años, la tierra está plagada de organismos estables todos con una única finalidad. El instinto de alimentarse, de supervivencia, de procreación… todo con el único fin de conservar el gran tesoro del origen del mundo: la molécula primordial, también llamada gen.

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